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Vidas rotas… la espera de una llamada telefónica

Vidas rotas… la espera de una llamada telefónica

junio 22nd, 2015
Nacionales
Santo Domingo. Ana quiere estudiar idiomas y ser traductora; también ver a su hermanita de 15 años, que ahora la tiene al lado, graduada de magisterio e instruyendo como profesora… y que su mamá regrese para volver a ser feliz.

Mientras llegan esos días espera por una llamada, la de su madre, que la saque de dudas y le diga con su tono de voz que está bien, que su “regreso voluntario” hacia Haití, huyendo de eventuales represiones tras el cierre del Plan de Regularización, está consumado.

“Que se quedé allá hasta que las cosas aquí se mejoren, y que cuando se mejore que vuelva”, dice Martha, la de 15 años, que le diría a su madre si pudiera hablar con ella ahora.

Sus padres partieron hacia Haití la madrugada del viernes por el paso fronterizo de Jimaní, en Independencia. Querían asegurar los pocos bienes que adquirieron tras 22 años de labor en los campos de Neyba, en Bahoruco.

Antes del cruce coincidimos en el paso fronterizo y contamos su historia en la edición del pasado sábado, ellos tras un acarreo que les llevaría de regreso a Puerto Príncipe, cargando con la pena de dejar a seis hijos en República Dominicana, repartidos entre amigas y conocidos.

La historia de Ana y Martha completa parte del escenario que viven los migrantes y sus hijos en el país en las últimas semanas, con énfasis desde el pasado miércoles 17 de junio cuando cerró el Plan Nacional de Regularización, un programa que le dio la oportunidad a 288,466 personas de inscribirse para demostrar su arraigo social y así adquirir la residencia dominicana.

Esas 288,466 personas no son un número frio que determina el éxito o no de un programa atrasado por 11 años, sino el reflejo de vidas, de gente real, que podrían ser un vecino que nos da los buenos días cada mañana o el colaborador cercano que nos ayuda a resolverlo todo. Es un dato que explica la historia de muchos.

Le pedimos a Ana, de 17 años, explicar qué ha pasado estos días y por qué sus padres se marcharon. “Ellos tuvieron que irse porque al estar este problema que se han estado llevando a todos los morenos, entonces ella para que no haya ningún problema, porque hay muchas personas que tratan de llevárseles las cosas, y llevarse sus pertenencias, ella tuvo que irse”.

Adalgisa Ferreras, de 28 años, recibió a Martha hace una semana. Ella vive con su esposo y un niño de dos años y hasta ahora la relación va bien. Dice que hace mucho estaban por mandarle la niña, y que la semana pasada le llamaron para ver si todavía quería tenerla. “Y yo la necesitaba porque mi esposo viaja a Estados Unidos y cuando se va me quedo sola con mi niño”.

Martha y Ana no viven juntas, están repartidas entre amigas y conocidas de sus padres, pero al menos viven cerca y se pueden ver con frecuencia. Estefany es la mayor de las hijas con 21 años y vive en Neyba. Le siguen Ana, de 17, Martha de 15 y luego hermanitos de 13, 11 y 9. Julio, el más pequeño de la familia con 3 años, fue el único que acompañó a sus padres en la travesía.

No podrá borrarse la conversación de Ana con su madre, donde le informó que se iba para garantizar que sus ajuares y sus vidas no corrieran peligro. “Fue muy dura la conversación porque ella estuvo llorando y yo también”, recuerda.

“Yo espero que también ella pueda venir y estar aquí, porque me gusta saber que ella está aquí y yo puedo ir a visitarla en cualquier momento”, dice. El pasado miércoles 17 de junio cerró el plazo para registrarse en el Plan Nacional de Regularización.

Con la conclusión del plazo comenzó la salida del país de decenas de migrantes. Les acompañaban sus trastes, su mudanza, y los recuerdos de tiempos mejores en República Dominicana, el país que les acogió por muchos años.

Algunos de los que se marcharon, como los padres de Ana y Martha, se acogieron al Plan de Regularización. Pero en su comunidad algunas personas le recriminaron su presencia en el país y ellos decidieron retornar. Algunas de las amenazas que recibieron hacían referencia a que les robarían o romperías sus camas, estufas y televisores.

El tema con las futuras repatriaciones es que aun no se ha explicado que pasará con los migrantes detenidos y sus ajuares. Surge preguntar si les darán facilidades para el traslado de sus cosas o si sencillamente las pierden, o pasan a manos de alguien para su administración.

La esperanza de algunas de estas vidas es retornar al país cuando las cosas cambien, cuando los ánimos bajen de lado y lado.

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